"DE SEIS A OCHO" (Cuaderno Literario de La Tertulia Literaria de Guardamar)

sábado, 11 de julio de 2015

" UN INSTANTE DE SOLEDAD" RELATO DE MARÍA DOLORES TOBARRA PÉREZ DE LA TERTULIA LITERARIA DE GUARDAMAR, PUBLICADO POR EL PERIÓDICO GUARDAMAR DIGITAL EL 01-07-2015



UN  INSTANTE DE  SOLEDAD                                       María Dolores Tobarra Pérez


   Al salir, me sorprendió una ráfaga de aire frío. Rápidamente, volví sobre mis pasos, preparándome para afrontar mejor el cambio tan inesperado de temperatura. Bien parapetada tras la bufanda y el chaquetón, volví a salir dispuesta a hacer tiempo, hasta la hora de coger el próximo tren de cercanías, que me llevaría de vuelta a casa.

   De nuevo en la calle, me di cuenta de que casi todos mis compañeros del taller de “Escritura creativa” ya se habían marchado. A pesar del frío, a esa hora del atardecer el centro de la ciudad estaba muy concurrido y empecé a fijarme en los transeúntes. Me llamó la atención, que casi todo eran parejas y esto hizo, que por unos momentos, sintiera la tan comentada “soledad en medio de la gente”. Se les veía felices, cogidos del brazo, por los hombros, de la mano… Estas últimas eran las que más envidia me daban, despertando en mí la añoranza de un tiempo algo lejano, antes de que el destino me arrebatara súbitamente a mi pareja. Los recuerdos eran tan vivos, que pude sentir mi mano, entonces fría y solitaria, calentita entre las suyas. El dolor en aquel momento, fue tan intenso, que necesité desesperadamente el consuelo de alguien que hiciera realidad mi sueño.

   En esto, un señor andando rápido, me adelantó. En una mano llevaba un maletín mientras balanceaba la otra arriba y abajo. Esa mano, solitaria como la mía, llamó rápidamente mi atención. Me quedé mirándola y, viendo el hueco que se formaba con los dedos un poco doblados, sentí la necesidad, cada vez más imperiosa, de introducir mi mano en él, en ese refugio que imaginaba calentito y acogedor. Seguí andando detrás, sin apartar la vista de ese movimiento arriba y abajo, que, como si de un péndulo se tratara, me tenía casi hipnotizada. De pronto pensé qué pasaría si le abordara y le preguntase: Por favor, señor, ¿sería  usted tan amable de prestarme su mano por un ratito? Figurándome su reacción al volverse y mirarme: ¡Ay va, una loca!, el hechizo se rompió y empecé a reir. Con temor de ser descubierta, me di la vuelta, teniendo entonces el aire de cara, que lejos de molestarme, lo sentí en el rostro como una caricia. Esto me llevó a recuerdos más recientes, cuando a pesar del frío, tras los cristales de mi ventana, con envidia, veía pasar a la gente. A mí, entonces, me habría gustado sentir ese aire helado en el rostro, pero a causa del tratamiento de quimioterapia, no podía permitirme el lujo de coger un simple resfriado. Todo aquello había quedado atrás, y, a pesar del frío, allí estaba yo, sintiéndome, ¡viva!

   El momento de soledad había desaparecido. Pensé en mi familia, mis amigos… No, no estaba sola.

   Paré en un semáforo. Al otro lado de la calle, vi los grandes almacenes en cuya librería, pensé que estaría esperándome el libro, que, sin duda, me haría pasar horas maravillosas. Y, cuando el semáforo se tornó verde, feliz, crucé la calle.






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