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PUBLICADO POR GUARDAMAR DIGITAL EL 29-07-2015 |
EL NIÑO QUE NUNCA NACIÓ Edith Rosa Aguirre
El niño, que
nunca nació, me vino a visitar anoche.
Juan Calderón
Matador
Qué dicha, ya terminé el primer ajuar para
mi bebé. ¡Faltan tan pocos días para
tenerlo en mis brazos!
Sí, confirmado, es un varón. Como las pérdidas que he tenido han sido de alto
riesgo, debo seguir en reposo; guardaré cama hasta que el doctor me confirme
que puedo abandonarla.
Creo que estoy dormida en medio de una noche
tormentosa. Qué extraño todo lo que siento;
por Dios, ¿qué me sucede? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son esas personas
vestidas de celeste con la mitad de sus rostros cubiertos? ¡Por favor, qué
alguien me responda o me volveré loca!
Han colocado sobre mi cara algo
que no me deja respirar. Advierto que mi cuerpo se eleva, quedo
suspendida, con una sensación de
vacío. ¿Qué pasa? Es como si
estuviesen arrancando algo de mis entrañas. ¡Quiero
defenderme! ¡Quiero gritar y no
puedo! ¿Es que no hay nadie a mi lado? Aquellos gritos que martillaban en mi cabeza,
de pronto, han sido acallados por una voz masculina que exclama: “¡Se
nos fue!”
¿Qué, ¿quién, se fue? ¡Qué alguien me
conteste! Nuevamente me cubre una inmensa oscuridad, y un silencio tan grande,
que llego a percibirlo como un ruido. ¡No sé el tiempo que ha transcurrido,
pero, por sorpresa, siento una mano conocida rozar mi mejilla. Sé que es
mi esposo; más no puedo o no quiero despertar. Me besa.
Me han dado el alta y abandonamos la clínica. Hacemos el trayecto a casa sin decirnos una palabra. Percibo sus miradas pero no puedo hablar. Una
y otra vez, en mi cabeza retumban las últimas palabras del médico: “Lamentablemente,
no se pudo hacer nada. Era un varón. No
tuvo fuerzas para nacer. Tuve que hacer cesárea. Lo importante es que usted
está bien, siga con su vida. Recuerde que aún es una mujer joven y sana.”
Deseo llegar a casa, estar sola y controlar este gran dolor que atenaza mi
pecho. Aún siento la mirada de mi esposo, sus ojos fijos en mí; pero ya no me
importa nada, sólo quiero dormir.
No sé cuántos días viví en medio de ese
sopor. Una noche sentí que las fuerzas
me abandonaban. Ya no podía ni quería
sufrir más. En ese preciso momento, desde muy lejos, quizás desde lo alto, me llegó una hermosa melodía que nunca antes había escuchado. Vi un sendero resplandeciente,
y en él se encontraba un niño muy
guapo, pequeñito, con una dulce sonrisa
en los labios, y sus preciosos ojitos verdes clavados en mí. Extendió sus
bracitos; cuando estuve a su lado lo tomé entre los míos. Lo coloqué junto a mi
pecho y una gran felicidad me llenó cuando sentí el latido de su corazoncito
junto al mío. Había mucho amor entre los
dos y él, mirándome fijamente, calmó mi gran pesar con voz angelical: “No, mamita, no quiero que te encuentres
triste, por favor. No pude nacer porque no era mi momento. Debes esperar. Y sí, tendrás el hijo que ansias tanto, lo
prometo, pero continúa viviendo y haz lo que te recomiendan tus doctores. Llegó el
momento de partir, pero recuerda que
este encuentro es sólo tuyo y mío.”
Y con un simpático mohín se liberó,
blandamente, de mi abrazo, se elevó envuelto en una hermosa estela y le perdí de vista
A la mañana siguiente abandoné el lecho con
alegría, dejando extrañados a mi esposo
y a los familiares que me atendían. Al
alejarme de ellos, escuché sus comentarios.
Decían qué volvía a ser la de antes.
Sólo yo sé
el secreto de mi transformación, que no puedo contarles porque no me
creerían: El niño, que nunca nació, me vino
a visitar anoche.