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Publicado el 08-04-2015 |
PRIMER TRASLADO
Leonarda Caroca Fuenzalida
Era una mañana de invierno y yo iba viajando en bus
junto a mi madre. Ella temblaba, aunque la combinación de las piedras del
camino y la escarcha con la vejez de los fierros del vehículo también hacían lo suyo; iba
nerviosa. Yo daba diente con diente; pero de frío.
Hacía días que la notaba diferente, agresiva; había
una fuerza pugnando por estallar en cada uno de sus movimientos y eso me hería
en la piel. Otrora tan dulce, andaba
ahora, rebuscando rabias por todos los rincones de la vida doméstica.
Hasta que me
dijo:
-Chela, mañana me vas a acompañar a la ciudad. Voy a
hablar con el Jefe de tu padre.
Y, claro, la
acompañé. Era su decisión, yo, una niña
de siete años.
Nerviosa. Enarbolaba su cuarto embarazo y la rogativa
de salvar a la familia. Salvarla
alejando a mi padre, enamorado de
una profesora del lugar ¿qué mejor solución, señor? cambiarnos todos para el
Sur. “Mejoraría su conducta funcionaria”, alcancé a oír, sin entender qué sería
eso.
Orden de traslado inmediato.
Viajando en un tren con locomotora de carbón, vamos internándonos en un paisaje cada vez más verde. Vemos los silenciosos
ríos preñados de troncos flotando, atentos a la sola música de su nombre,
Bio-Bio, detenernos en el centro mismo de la humedad frente a un cartel que
decía, Antilhue. Milenarios troncos abatidos
por la sierra, el aserrín chorrea a borbotones.
Éramos los únicos pasajeros en el carro de primera
clase, por eso no pudimos disfrutar de la fiesta que llevaban los viajeros de
tercera. Desde nuestro sitio se
escuchaban las canciones y las risas, por eso,
al menor descuido de mi madre, corríamos a mirar. Ellos iban con guitarra y todo, disfrutando
del contenido de unos enormes canastos llenos de comida, con huevos duros por lo menos para una semana, tomando café
“con malicia”(aguardiente) por el camino, festejando con personas que se encontraban por pura casualidad en el
mismo tren. La locomotora atravesando un puente superaba cualquier fantasía:
sonaba con todos los vagones encabritados, la bestia espantada por su propio
ruido y el séquito del humo oloroso a
carbón.
El Sur era el progreso, se decía. O sea, llegamos al
futuro: el tractor y no el arado con bueyes,
profusamente ilustrado en mi libro de lectura. El camión en vez de la
carreta, el orden de las hileras de árboles y la lluvia torrencial .No el
desorden de la naturaleza. Pero también los majestuosos ríos y los nostálgicos
lagos. Parecía otro país. Un color
verde profundo pintaba los
árboles, el pasto. Había un viento cordillerano “quebrantahuesos”, y el cielo
era un vidrio transparente. Una manera
distinta de afrontar la vida, gente hablando de otra forma. Cantadito.
Guardando para sí las palabras que se cuelan entre dientes, como si
pronunciar claramente expusiera la boca,
vitrificándola. O le pudiera entrar una esquirla de hielo hasta las mismas entrañas y congelarlas.
Cambió el paisaje. También el clima fuera de casa.
Conocimos por primera vez a la gente
rubia que nos miraba desde arriba…venían de otras tierras.
El traslado hacia el sur nos había llevado a otro
mundo; a nosotros, los niños, nos golpeó con la exigencia de aprender a vivir
en otras latitudes y a disfrutar de la prueba. Pero ahí me di cuenta de que
uno se traslada con todo su equipaje. Mis padres, igual, porque no hay
olvido ni pérdida. Te vas con lo que la vida te ha puesto encima al primer paso
fuera del mapa.
Me faltaba descubrir que no hay regreso.
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