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Publicado por Guardamar Digital el 06-10-2015 |
ESTRATEGIA
DE SILENCIO Leonarda Caroca
Florecía el abutilón, anunciando la
primavera desde una esquina del jardín
se inclinaba perezosamente
sobre la reja; a cada soplo
de viento hacía una solemne
reverencia a todos los que estábamos en casa, regalándonos su pedazo de sol, ofrenda del día.
Ayer estaba mirándolo por la ventana
de la cocina cuando llegaste, venías rabioso.
Viste la planta y le diste un
manotazo, tal vez para advertirle
que no te rozara. No me cupo duda de que, en tu rabia no veías al
arbusto sino a mí. Como siempre,
mi corazón había empezado a
palpitar con furia, advirtiendo el
peligro. Mejor callar, ya me
enseñó mi madre, no hablar mejor, dejar que pase el mal momento guardando los
dolores debajo de la alfombra.
La cocina era mi lugar de trabajo,
allí permanecía la máquina de
coser junto a diferentes prendas: la
cortina, la blusa o lo que fuera que estaban- siempre- esperando por mí.
Trabajo urgente; pero al verte quedé inmóvil, me detuvo el descubrimiento de
que la violencia se estaba transformando en tu actitud de costumbre ¡Nunca
imaginé que esto podría llegar a sucederme! Estaba confundida, pensando, en
penumbras de mí misma, tratando de coser.
La cachetada en pleno rostro me torció la
cara y un grito. -¿Te estás haciendo la indiferente? ¡Imbécil!- Segundos
después te vi dando puntapiés a mis costuras o disparando por los aires lo que
se podía.
Era tu venganza porque en la noche me había encerrado
a dormir en el escritorio. Con
llave. Por cierto que no dormí.
Tenía miedo. Tuve la certeza de que deseabas
golpearme con más furia
-¡Esto no se perdona, estúpida, me las vas a pagar!-
gritaste, mientras golpeabas la
puerta con tus pies. -Eres mi
mujer y debes atenderme, oíste, atenderme. ¡No se te olvide!
Quizás todos los hombres son
igualmente rabiosos, como pensaba mamá. O puede que dijera eso para justificar
a mi padre.
Te fuiste dando un portazo que
alcanzó al arbusto, una flor
cayó estrepitosamente al suelo.
Después de la rabia, vendría lo de siempre: tus caricias
exigentes, y yo aceptaría,
fingiendo, pero después… que… si acaso no te quiero, si me olvidé de lo bueno
que eres en la cama , si tengo un amante…eso, un amante es tu mayor miedo y la palabra surge apenas interpretas que me estoy cansando de este juego difícil. Enseguida te afligen
tus propios pensamientos y empiezas a exigir más y más hasta que ya no puedo soportar. Tampoco ese olor
a alcohol que llena toda la pieza.
Las horas en silencio
frente a la máquina de coser me consolaban primero, pudiendo soportar el recuerdo de las malas palabras y el acero filudo de tus ojos. Siempre
me enojó el que mi madre perdonara una y otra vez las continuas palizas de papá, y ahora, me estaba
pasando-a mí- lo mismo; y eso me llenaba de furia. ¡No quería ser igual que
ella!
Hoy día, estaba preparando
tu comida cuando llegaste, pero tú traías tu saco de furias y también, tus manos de piedra. No supe cómo lancé el
sartén sobre tu cabeza y en la próxima escena, estabas en el suelo con la frente
coronada por los panqueques a
medio cocer, los ojos cerrados y
el aceite chorreando, abriendo cauces sanguinolentos entre la maraña de tu pelo.
Tu cara de sorpresa me provocó mucha
risa…valentía y miedo.
Te paraste, fuiste a buscar la pala y con todo tu cuerpo, de
un solo golpe, destrozaste las
ataduras del arbusto a la tierra, matándolo. A cada golpe de pala, decenas de
florecillas saltaban por los aires
tiñendo el paisaje con su sangre inocente.
A cada golpe de pala, voy llenando mi maleta. No seré
nunca más la víctima. Me voy, lejos, lejos de ti.
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