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(21-10-2015) |
DEL CABELLO Y LAS
CANCIONES DE MI MADRE Helena C. Vilarelle
Vivíamos en lo alto de una loma en zona restringida y muy aislada.
Abajo estaba la explanada, donde se encontraba la caseta del guarda de la zona
y el muelle, unido a una edificación que se adentraba en el agua y en cuyo
interior se protegía el yate de Míster Irene Dupont, el dueño de toda Punta de
Hicacos en el istmo matancero de Varadero.
A mi madre el pelo le llegaba a los tobillos. Lo lavaba en la misma
batea que nuestra ropa, aunque a esas prendas las colocaba en la tendedera,
abriendo la soga y enganchándolas en la misma. A mí me gustaba ver cómo el aire
quitaba la humedad de las telas inflándolas y moviéndolas a capricho, pero me
atraía más la cabellera de mi mamá expuesta al sol. Cuando había visitantes en
el muelle, ellos contemplaban tan embelesados como yo la operación del secado
de su cabello que constituía todo un espectáculo.
Mi madre era una mujer
dulce, alegre y con una magnífica voz. Ligado estrechamente al de ella mi universo
infantil se ensanchaba cuando dividía su pelo en dos mitades. Ese era el
momento en que tocaba cantar.
Comenzaba entonando
“Cielito Lindo” y como por
arte de magia, de entre sus manos
surgía un lápiz con el que me dibujaba
un lunar cercano a la boca. Su pelo dividido en dos mitades descansaba
delante, sobre los hombros. Yo lo acariciaba; sentía que era suave como los
pétalos de rosas y como nacían de su cabeza, los relacionaba con las historias
que ella me contaba: Pensaba en el cuento de la doncella que decía al príncipe:
“Caballero del sombrero de pelo. ¿Cuántas estrellitas tiene el cielo?” E
intentaba imaginar cómo sería un sombrero hecho con su pelo. Esta ensoñación
finalizaba cuando ella comenzaba el trenzado mientras lanzaba al aire su
variado repertorio de canciones.
Entre mis preferidas estaba una que se acoplaba a su voz de manera
cálida. ”Martha, capullito de
rosa, Martha, del jardín linda flor. Dime, que feliz mariposa en tu cáliz se
posa a libar tu dulzor...”
Yo pensaba que libar debía ser algo parecido al resplandor
del sol en sus cabellos.
Al finalizar sus trenzas, las fijaba con varias vueltas entrecruzadas
en lo alto de su cabeza y a mí, se
me antojaba que era una corona. A continuación le pedía que cantáramos juntas.
Ella sabía que esa era mi parte preferida del día, y que no la dejaría en paz si no concluía la faena de ese
modo. Así que, poniendo los brazos en jarra, lanzaba mi madre un grito que parecía un quejido
risueño. “Uy juy juy juy juy
juy” Después entonaba: Allá en el Rancho Grande,/ Allá donde vivía./ Había una
rancherita,/Que alegre me decía / Que alegre me deciaaaaaaaa…
Y mi madre alargaba la nota cantada para darme tiempo a que le
preguntara gritando:
─¿Qué te decía, mamiiiiiii?
¿Qué te decía? ─y ella
señalándome respondía cantando:
─Te voy hacer los calzoneeeeeeeeees…
Y volvía a dar tiempo a que yo, revoloteando a su alrededor, inquiriera:
─¿Cómo? ¿Cómo? ─Mientras ella remataba;
─Como los zurce el
ranchero.
Cuando fui mayor, me dijo que el pelo lo mantuvo tan largo por una
promesa que hizo a La Virgen: Me comentó que yo había estado desahuciada cuando era un bebé y como
milagrosamente me había salvado, ella estuvo seis años sin cortarse el
cabello.
Cuando estaba a punto de
finalizar su ofrecimiento, mi hermano
de seis meses se cayó de la cuna y
estuvo en coma varios días con un coágulo de sangre en la cabeza. Los médicos
dijeron que si no despertaba se moría.
Entonces ella ofreció alargar su promesa y como así fue, ¡soportó ocho
años el peso de su cabellera!