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(26-08-2015) |
LOS ENAMORADOS DE LIMONE Antonio
Álvarez Gil
Limone es un pueblo pequeñísimo que está situado en la margen occidental
del lago Garda, a unos veinte minutos en barco desde Riva del Garda. Aquí las
casas están construidas entre la roca y el agua, incrustadas, literalmente, en
la falda del monte. En ellas la pared del fondo es casi siempre la piedra viva
del macizo. Con tan poco espacio disponible, la vía pública se resume en una
urdimbre de callejones que serpentean entre las cuestas, formando una
complicada red de escaleras, pasadizos y túneles que uno debe andar si quiere
conocer el pueblo. Desde las terrazas y portales de Limone la imagen dominante
es la del lago, con el espejo de sus aguas azulosas perdiéndose de vista en la
bruma lejana y el ir y venir de las embarcaciones que llegan todo el tiempo
cargadas de turistas. Porque Limone vive del turismo, de los cientos y cientos
de personas que recorren sus callejuelas, compran en sus tiendas de productos
típicos o comen en sus restaurantes.
Mi esposa y yo, que estábamos de vacaciones en la zona, cenábamos
aquella tarde en uno de esos establecimientos, en la terraza del hotel Le
Palme. Era la hora del crepúsculo, y mientras la resaca farfullaba bajo el
tablado, la niebla vespertina caía sobre el lago y ocultaba suavemente los
picos de la orilla de enfrente. De repente, desde un ángulo de la terraza se
oyó el metal de un saxofón. Y muy pronto el mismo músico que lo tocaba despegó
los labios de la boquilla del instrumento y empezó a cantar. Se oyeron las
canciones italianas de toda la vida, las más hermosas. Son las melodías que uno
lleva siempre dentro y aparecen un día para recordarnos que siguen ahí,
eternamente vivas y prestas a hablarnos de otros tiempos, de tiempos que fueron
también los más hermosos.
En la cena compartíamos mesa y mantel con un grupo de noruegos que iban
en la excursión. Gente buena de verdad, sociable y conversadora como yo no lo
habría imaginado nunca. Ellos, desde luego, no leerán estas líneas. Si pudieran
hacerlo, me extendería más y les diría lo mucho que nos gustó su compañía en el
viaje a Limone. Pero del amplio paisaje humano que me rodeaba en la terraza de
Le Palme, lo que más me llamó la atención fue la presencia de una pareja de
jóvenes enamorados que cenaban en una mesa vecina a la nuestra. No sé si sería
porque Verona se encuentra muy cerca de allí, pero aquellos dos chiquillos me
recordaron vivamente la estampa de Romeo y Julieta. Me parece estar viendo
todavía el rostro ovalado de la muchacha, sus grandes ojos oscuros y su pelo
castaño; y también, cómo no, la sonrisa ilusionada del muchacho cuando
susurraba frases al oído de la chica. Eran, seguramente, frases de amor. Frases
y promesas, que van siempre juntas. La luz del crepúsculo cayendo sobre el lago
y la música que sonaba en la terraza completaban el cuadro. Era tan fuerte la
impresión, tan bonita la imagen de aquella pareja cenando, tal el arrobamiento
de sus miradas y, en general, tanto el amor que irradiaban desde su mesa que me
hice el propósito de mantenerlos fijos en la memoria, muy cerca de la artesa
donde se gestan y crecen mis ficciones.
Esa tarde me dije que algún día reconstruiré la escena (que no podré
olvidar en mucho tiempo) y escribiré un relato sobre los enamorados de Limone.
Espero que Dios me dé aliento para hacerlo, suerte para ver el cuento en un
buen libro y algún lector a cuyo juicio someterlo.