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Publicado en Guardamar Digital el 17 de junio de 2015 |
EL MÚSICO INGLÉS Leo Nistal Prieto
Amaneció una mañana nublada. Desde el cielo las
nieblas descendieron un poco más tarde hasta el jardín de la casa. Y el viajero
que llegó de España y aún conservaba en su retina el azul frío del cielo
castellano, despertó al nuevo día. La curiosidad y el ánimo de conocer le
llevaron hasta la ventana de su cuarto.
En el jardín, que adivinó
en su llegada nocturna, un alto pino era el rey entre los arbustos y aunque parecía estar cansado porque sus
ramas colgaban hacia abajo con una cierta desgana, su espada señalaba hacia lo
alto como tratando de cortar las nubes.
El viajero, que parecía
encontrarse con un cierto desánimo, observó cómo entre las ramas de un tilo, un
pájaro de plumaje oscuro y pico blanco revoleteaba, mientras otro del mismo
color picoteaba entre las hierbas secas que había junto al tronco de la
pinácea, donde posiblemente buscaría alguna semilla o lombriz.
Sus pensamientos se dirigieron
a los recuerdos de su niñez: durante el invierno estos pájaros taladraban con
sus picos el césped de las eras que estaban junto a la escuela y que con sus
amigos veía en los recreos mientras corrían sobre el verde raído por el
continuo pasto de las ovejas.
Al instante los mirlos
levantaron el vuelo y se posaron en el seto debajo de su ventana, y uno de
ellos con gran fuerza cantó durante unos momentos como si quisiera saludarlo en
aquella mañana nebulosa de su primer día en tierra inglesa.
Entonces un rayo de
alegría inundó la cara del viajero y escuchó el mensaje de la naturaleza en su
humildad: el músico inglés, gran artista, le ofrecía su música desde un pequeño
arbusto y no quiso envanecerse haciéndolo desde el alto pino.
El hombre, más contento y
risueño, se preparó para la nueva jornada. Más tarde bajó al jardín, acarició
las hojas del tilo y pisó la hierba con gran cuidado, pues las gotas del rocío
aún estaban prendidas de las tiernas hierbecillas a modo de colgantes blancos y
alzando los ojos al cielo nublado dio gracias al Creador.
Los niños de la casa
escucharon el relato y aunque pequeños quisieron oír el cántico del pajarito.
Pero este se hizo esperar y ellos tenían la paciencia menuda y la vida larga, y
el abuelo pensó que tenían mucho tiempo para escuchar y mucho que aprender.
Pasaban los días y al
despertar cada mañana el hombre miraba por la ventana para ver el nuevo día y
saludar a la vida: en sus pájaros, al alto pino en representación de los
árboles y a las pequeñas florecillas que crecían al abrigo de los setos,
también a la niebla y hasta a la lluvia que se enseñoreaba con demasiada
frecuencia de la mañana.
Los países
son distintos en su conformación geográfica y las gentes variadas en su manera
de hablar y de pensar, pero la naturaleza es de todos los hombres que saben
amarla, en las pequeñas cosas y en los detalles más nimios el Hacedor nos
saluda, nos habla, nos anima y nos hace pensar que dentro de uno mismo y en los
momentos tristes, también hay un lugar para la esperanza.
Hoy en la mañana volví a
escuchar el cantar del músico inglés, no llovía ni había nieblas bajas, y el
primer rayo de sol aún temeroso parecía apuntar con su claridad el alto cielo,
y durante las horas tempranas escuché infinidad de cantos, trinos y piadas. El
aire aparecía de nuevo y se movían las hojas alegrándolo todo en un baile
intermitente y sonoro.
Cuando regrese a mi tierra, recordaré
este episodio y para cuando alguien, grande o pequeño de mi familia o gente
extraña, lea este pequeño relato, dejo constancia escrita en este papel del
momento inolvidable.