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GUARDAMAR DIGITAL 20-05-2015 |
Galina Álvarez
Soy extranjera, casi siempre lo he
sido, desde que siendo una jovencita dejé mi patria. Y puedo afirmar que la
vida de una foránea no es para nada fácil. Aunque debe haber gente que crea lo
contrario. Hay muchos problemas que una enfrenta por ser extranjera. Por
ejemplo, aquí mismo en Guardamar. Si vas a un mercadillo, los vendedores
piensan que, por venir de otro país, no sabes contar. Y tratan de subirte el
importe a pagar. Otro ejemplo, las peluquerías. Algunas peluqueras se empeñan en aplicarte tarifas especiales
que no figuran en las listas de los precios. Desconozco la causa del por qué
una tiene que pagar más: por el derecho de vivir en España, o porque los
extranjeros se consideran más ricos y por ello deben compartir su dinero. Una
especie de impuesto extra.
Bueno, son dificultades que enfrento en
España como jubilada. En lo demás, todo es maravilloso, siempre y cuando no
tengas que declarar a Hacienda. Pero esta oficina es un hueso duro de roer
hasta para los nativos.
No siempre he sido una jubilada.
Trabajé muchos años y tengo cosas que contar. Por ejemplo, sobre Suecia, mi
segunda patria. Primero, es casi un milagro que una inmigrante adquiera allí un
trabajo glamuroso. De limpieza sí, quizás de asistenta, pero no sueñes con
obtener algo mejor. Para lograrlo, por encima del título, tienes que tener un
coeficiente intelectual de 160, hablar inglés perfecto y tener competencia
social. Pero esta debe ser sueca, de otra forma no vale. Y, por Dios, ¡ni se te
ocurra sobresalir en algo! Aunque seas
inteligente, mantenlo en secreto. No hay nada que le caiga tan mal a los suecos
como descubrir que un extranjero los
supere en algo.
Cuando vivía en Cuba tampoco era fácil. Allí
no se exigía inglés ni el coeficiente intelectual. Lo importante era ser militante
del Partido Comunista; sin eso no llegabas a ningún lado. ¡Qué dilema! Y entrar
a esta organización tan significante estaba prohibido para los extranjeros (con
excepción de Che Guevara, claro).
En el plano personal era lo mismo.
Vamos a continuar con Cuba, que es un país de gente simpática. Siempre me tocó
vivir en pueblos pequeños, donde todo el mundo se conocía. Por eso era, de
cierto modo, “famosa”. Todo el mundo me identificaba como rusa y, además, la
mujer de Tony, el hijo menor de Abelardo el mellizo. ¡Imagínate tú! ¡Qué
linaje! Cada persona me seguía con la vista, me valoraba y me juzgaba. ¿Por qué
tendrá la saya tan larga? Seguro que es testigo de Jehová. No les pasaba por la
mente que mi estilo era hippy. Otros decían: ¿No la viste? Casi no tiene culo,
la pobre. Y qué flaca está… ¡Con lo que come! En la cafetería la vi comprar dos
bocadillos.
Los cubanos se conocen por su talante
especial para decir piropos a las mujeres en la calle. Son muy creativos y no
lo hacen en forma ofensiva; es como un deporte. Las mujeres tampoco reaccionan
mal; es una especie de juego entre ambos sexos. Cuando yo pasaba por la calle
del pueblo, sólo había silencio. No era igual que todas. Era la nuera de
Abelardo, el mellizo y, encima de eso, rusa. A mí había que respetarme.
Un día yo estaba en una calle con una
amiga. De pronto apareció un guajiro sobre un caballo y, al pasar por nuestro
lado, me dijo algo. Como no lo entendí bien, le pregunté qué quería. El hombre
se vio confundido y no me contestó. Mi compañera reía a carcajadas.
—¡Te ha dicho un piropo! —exclamó
ahogada de la risa.
Bueno, el hombre venía del campo y no
me conocía; por eso se atrevió.
Fue mi único piropo en Cuba.